La hepatitis es una afección que afecta directamente al hígado, uno de los órganos más importantes del cuerpo humano. Se trata de una inflamación hepática que puede originarse por diversas causas, que incluyen infecciones virales, consumo de sustancias tóxicas o trastornos del sistema inmunológico. Aunque en algunos casos la inflamación puede desaparecer sin dejar secuelas, en otros evoluciona hacia complicaciones severas como fibrosis, cirrosis o incluso cáncer hepático.
Causas de la hepatitis
Aunque la hepatitis no tiene una única causa, existen múltiples factores que pueden desencadenar esta enfermedad:
- Virus de la hepatitis: Los virus A, B y C son los responsables más frecuentes de hepatitis viral. Sin embargo, otros agentes como el virus de Epstein-Barr, el citomegalovirus y el virus del herpes simple también pueden afectar el hígado.
- Sustancias tóxicas y medicamentos: El consumo excesivo de alcohol, ciertos medicamentos (como el acetaminofén en dosis altas, algunos antibióticos o fármacos antiepilépticos) y la exposición a sustancias químicas industriales pueden provocar inflamación hepática.
- Enfermedades autoinmunes: En algunos casos, el sistema inmunológico ataca por error el tejido hepático, lo que da lugar a hepatitis autoinmune. Esta condición puede dañar progresivamente la función del hígado si no se detecta y trata adecuadamente.
¿Cómo se diagnostica?
El diagnóstico preciso de la hepatitis es esencial para prevenir daños mayores en el hígado. Para ello, se utilizan diversas pruebas de laboratorio, entre ellas:
- Pruebas virales: Estas permiten identificar la presencia del virus causante y conocer el estado de la infección. Se incluyen:
- Antígeno de superficie de la hepatitis B (HBsAg)
- Anticuerpos contra el virus de la hepatitis A (anti-VHA)
- Anticuerpos contra el virus de la hepatitis B (anti-HBs y anti-HBc)
- Anticuerpos contra el virus de la hepatitis C (anti-VHC)
Estas pruebas ayudan a saber si una persona tiene o tuvo hepatitis viral. Por ejemplo, el antígeno de superficie de la hepatitis B (HBsAg) muestra si alguien tiene el virus activo en su cuerpo, es decir, si está infectado en este momento. El anti-VHA indica si la persona tuvo hepatitis A o si está protegida contra esa enfermedad. Los anticuerpos contra el virus de la hepatitis B (anti-HBs y anti-HBc) permiten saber si la persona ya superó la infección, si se vacunó o si todavía tiene el virus. Por último, el anti-VHC detecta si el cuerpo ha estado en contacto con el virus de la hepatitis C, aunque para confirmar si la infección está activa se necesitan otras pruebas adicionales.
Gracias a estas pruebas, es posible determinar si la infección es reciente, si se trata de un caso crónico o si la persona tuvo contacto previo con el virus.
- Pruebas de función hepática:
Además de las pruebas mencionadas, las siguientes mediciones también evalúan el funcionamiento general del hígado y detectan signos de daño:
- ALT (alanina aminotransferasa) y AST (aspartato aminotransferasa): Enzimas que aumentan cuando existe daño celular en el hígado.
- ALP (fosfatasa alcalina) y GGT (gamma-glutamil transpeptidasa): Útiles para detectar trastornos en las vías biliares o afectaciones por alcohol o fármacos.
- Bilirrubina total y fraccionada: Ayudan a identificar problemas en la eliminación de bilirrubina, lo que puede reflejarse en síntomas como la ictericia (coloración amarilla en piel y ojos).
¿Por qué es clave detectarla a tiempo?
Una de las características más preocupantes de la hepatitis es que, en la mayoría de los casos, no produce síntomas evidentes. Se estima que hasta el 95 % de las personas con hepatitis viral desconocen su diagnóstico, lo que retrasa el tratamiento y favorece la progresión de la enfermedad.
Realizar exámenes periódicos permite identificar la hepatitis de forma temprana, iniciar un tratamiento adecuado y evitar consecuencias graves. Cuanto antes se detecte la inflamación hepática, mayores serán las posibilidades de preservar la salud del hígado y mejorar la calidad de vida del paciente.
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